P R Ó L O G O
Mercedes
Aragón Huerta
El diván, o colección de poemas, que aquí se presenta, es fiel
reflejo de la evolución y madurez alcanzadas por la poesía árabe contemporánea
en general, y la marroquí en particular, a lo largo del siglo XX.
La poesía, género por excelencia de la civilización arabo
islámica, había arrastrado durante siglos una gran falta de vitalidad e
imaginación. Desde el siglo XVI había entrado, junto con los otros géneros
literarios, en un período de franca decadencia y esterilidad y era incapaz de
explorar nuevos horizontes.
El mundo árabe permaneció largos siglos en la Edad Media, ajeno
a la modernidad de los países europeos y americanos. Y encerrada en sí misma, la
poesía imitaba hasta el infinito los moldes tradicionales en una lengua clásica
anquilosada hasta los albores del siglo XX.
Esta forma tradicional de la poesía, conocida como casida,
consistía en un largo poema monorrimo, estructurado en tres partes, siempre
igual: un prólogo amoroso, la descripción de un viaje por el desierto y una
última parte, la más extensa e importante, que desarrollaba el tema central, que
solía consistir en vacíos panegíricos dirigidos a los gobernantes con términos
ampulosos, aunque no faltaba el tema satírico y el de la vanagloria. Su lenguaje
carecía de sentimientos, y las imágenes, repetidas hasta la saciedad, eran las
convencionales y carentes de originalidad.
Pero el contacto de los valores medievales, que imperaban aún en
el siglo XIX, con los alores culturales modernos occidentales, a raíz
principalmente de la colonización europea de los países árabes, dio como fruto
una nueva literatura, cuyo rasgo más destacado es su apertura a Occidente, a
pesar de la oposición conservadora inicial.
La literatura se propuso no seguir encerrada en sí misma, sino
abrirse a las demás culturas y literaturas, dejándose influenciar por ellas.
Esta evolución obedeció a dos procesos: el de la democratización de la
literatura, que se vio libre de las ataduras que tradicionalmente la ligaban al
poder constituido, debido a la progresiva desaparición del príncipe mecenas,
estableciéndose en su lugar una relación estrecha entre el escritor y sus
lectores; y el de su secularización, por la cual se liberó de los vínculos que
la unían a la religión y perdió esa impronta islámica que siempre la había
caracterizado.
No obstante, la penetración de las nuevas ideas sería lenta y
desigual en el mundo árabe, de manera que, por ejemplo, este nuevo renacimiento
intelectual, que asomaba ya a mediados del siglo XIX, tardaría un siglo en
aparecer en el Norte de África.
Una de las consecuencias de la apertura fue, no sólo la
aparición de nuevos géneros, desconocidos en la historia de la literatura árabe,
como el drama, la novela, la novela corta, el ensayo periodístico, etc., sino la
de una nueva poesía de verso libre que rompía con la vieja casida, cuyo origen
se remontaba a la época pre islámico.
Así pues, como el resto de la literatura árabe contemporánea, la
poesía árabe moderna es un producto gradual de confrontación entre dos mundos,
el oriental y el occidental, caracterizada por dos ideas fundamentales en
continua lucha: la aceptación y el rechazo de esta influencia occidental. No es
de extrañar, por tanto, que la primera y natural reacción de esta nueva poesía
fuera el nacionalismo y un fuerte anticolonialismo. Nace, pues, comprometida y
con un claro contenido político, que ya no perderá.
Si bien los poetas árabes comienzan reafirmando su propia
identidad cultural, amenazada por fuerzas foráneas, y volviendo aún sus ojos
hacia la literatura del pasado en busca de sus ideales poéticos y de su
inspiración, surge de inmediato la necesidad de crear un poema sin divisiones
temáticas, que respondiera a una unidad orgánica y que delvoviera a la poesía su
papel emotivo.
De esta forma, se ensayó una poesía subjetiva e individual que
sirviera para expresar los sentimientos del poeta, que fuera producto exclusivo
de su experiencia directa y que dejara de ser la consecuencia de una fría y
mecánica imitación. El resultado fue un tipo de poemas de introspección, de
poemas a modo de confesión o de poemas que dejaran constancia de la disposición
del ánimo, normalmente tristeza, pesimismo, anhelo, nostalgia por la inocencia
perdida y por ideales inalcanzables, al uso romántico. El temor metafísico, el
misterio, lo desconocido, tanto en el interior del propio poeta como en los
aspectos oscuros de la naturaleza exterior, subyacen en las nuevas
composiciones. Los poetas comenzaron a simplificar el lenguaje poético,
despojándolo de términos oscuros y arcaicos y renovando la sintaxis,
excesivamente retórica y complicada.
Poco a poco, se fue perdiendo el obsesivo cuidado por el
espíritu de la lengua árabe -lengua de revelación divina- así como la actitud un
tanto conservadora hacia las formas del verso, hasta llegar a alcanzar el grado
de lirismo y el poder de sugestión, propios de este género.
Durante la segunda guerra mundial, fue penetrando la filosofía
marxista en los jóvenes intelectuales y los escritores fueron aún más
conscientes de su mensaje social y político Y esta poesía subjetiva e
individualista de corte romántico comenzó a ser rechazada a comienzos de los
cincuenta, iniciado ya el proceso de independencia de estos países.
Pero para entonces, el género poético árabe había conseguido dar
el gran salto a la modernidad, se había consolidado y era capaz de cautivar la
sensibilidad occidental: habría entrado a formar parte de la literatura
universal. Superada esta etapa, se abre un nuevo espacio.
Avanzando la segunda mitad del siglo XX, los jóvenes poetas,
mediante el hábil uso de imágenes y de mitos, ya sean de la herencia árabe, ya
sean de la Antigüedad del Próximo Oriente, apenas usan la rima, en busca de una
mayor libertad, en busca de la fusión entre la forma y el contenido. Muchos
intentan expresar una experiencia existencialista y concentran en la palabra sus
propios símbolos, como técnica poética, abogando por la destrucción del lenguaje
común y su sustitución por el propio universo lingüístico privado del poeta, que
es su poema. Se trata de una poesía en la que el mundo particular del poeta y la
sociedad en la que vive están tan estrechamente vinculados, que la salvación
personal que él busca en su poesía es al mismo tiempo su salvación y la de su
comunidad. En palabras de nuestro poeta:
“ojala si hubiera alegría se
contagiara
y las letras no envidiaran a
quienes he engendrado
y el saludo viniera en auxilio
cuando yo llamara
y el bien fuera un mar dulce
que saciara la sed de mi país
el amor y la verdad y la belleza
serían mis señores
me convertiría en un errante
mendigo
y la libertad sería mis
provisiones”
La obra de Ahmed Lemsyeh (n. 1950), poeta marroquí que inició su
singladura poética en el año 1976 con la colección de poemas Vientos... que
vendrán (Rabat), se entronca en esta nueva línea poética. En esta ocasión, en el
diván que el lector tiene en sus manos y que se dispone a disfrutar -Estado y
estados, publicado en mayo del 2003, aunque escrito dos años antes- Lemsyeh se
enfrenta, desde un punto de vista temático con su propio “yo”, con su mundo
interior, “lo oculto”, “lo secreto”, y con su universo poético que sale a “la
luz”: el cálamo, el papel y la tinta le permiten un acto de creación, un acto de
luz. Todo un mundo simbólico propio, intimista, revelador de sí mismo, en el que
el poeta se desnuda ante el lector y se entrega por entero a él. Su quehacer
poético, “revelará” su propia alma escondida, que buscará incansable.
La palabra, el poema, va a sacar de las entrañas de su ser sus
temores, sus ansias, sus deseos, y va a expresar su lucha interior, entre el
bien y el mal, agitado por la imagen de un viento constante en su obra, perenne,
propios de la mar atlántica que le vio nacer, a veces enfurecido agitando los
renglones de sus versos –que se desplazan- y a veces amainado, meciéndolos. Es
un viento que agita el alma, que la desestabiliza, que apaga la luz y trae
oscuridad; pero, el viento también purifica, se lo lleva todo, y permite un
nuevo renacer.
Escribir será, pues, para el poeta un proceso de liberación,
presidido por el silencio, por la meditación. Hasta que por fin llega el momento
de la inspiración y su pluma se llena de pasión y entonces no deja de bullir: el
poeta, en perfecta unión con su cálamo, se adentra en el proceso febril de la
creación. Y su silencio se traduce en una poesía de gran belleza, sensibilidad
y calidad.
Desde un punto de vista formal, Ahmed Lemsyeh destaca, sobre
todo, su poesía escrita en dialecto, aunque no descarta el árabe culto o
estándar moderno. Conviene recordar que el mundo árabe vive una situación de
diglosia, caracterizada por el uso de la modalidad estándar de la lengua árabe,
común a todos, junto con los dialectos locales, que poco a poco se van
revalorizando.
En esta colección, Estado y estados, Lemsyeh apuesta claramente
por su dialecto. Esto hace imprescindible la labor de un traductor
especializado, conocedor a fondo de dicha variedad lingüística, que mime y cuide
la traducción, como es el caso el Dr. Moscoso, traductor de la obra y que dedica
su trabajo y empeño en describir los distintos dialectos marroquíes, que por su
carácter oral carecen de suficientes textos escritos. Difundir y dar a conocer
al lector español las obras de la literatura árabe, especialmente las de un país
tan cercano y, a la vez, tan desconocido, es de gran importancia para el
acercamiento cultural entre ambas orillas del Mediterráneo.

Mercedes Aragón Huerta